CARLOS SANDOVAL CUENTOS DESDE FISKE MENUCO (Gral Roca)

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En nuestra editorial sucede que hay escritoras/es que ya publicaron sus libros pero encuentran en nuestra propuesta independiente y autogestiva la posibilidad de poder volver a publicarlos.

Con Carlos publicamos La luna y el canal grande y Retazos de aire que volvieron a circular de mano en mano y de boca en boca.

 

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La imagen de una luna aparejada al canal grande germina imágenes de una luna también grande, desmesurada en el centro de un cielo nocturnal vasto y amplio, en estos cielos profundamente grandes que nos albergan y a los que, peligrosamente, nos acostumbramos.
En las miradas a nuestro entorno (los seres humanos, el paisaje, los aromas, la textura de la luz) todas las historias que acerca Sandoval, plenas de asombro, demuelen la rutina.

Se lee a Sandoval y uno se pregunta aunque él nunca nos interrogue: ¿Es sólo agua la que transita por el canal grande? ¿Qué ilumina la luna cuando estalla sobre él? ¿Por qué razón sus personajes cotidianos y extremadamente sencillos se convierten en héroes? ¿Qué descubre la mirada del autor atrás de lo usual, de lo aparentemente normal, de lo que el sistema señala como oportuno, prudente y sensato?
¿Por qué otra razón podría ser si no por ese amor que el autor profesa y desparrama generosamente en derredor del lugar que habita y de las personas que habitan al norte de ese canal grande? Ese amor, de cuerpo y de espíritu, que el intelecto de Sandoval no permite claudicar es lo que deviene en la alquímica mutación de personas sencillas en personajes excepcionales.

Juan Raúl Rithner
fragmento del prólogo

 

 

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Si aún se piensa que en estos tiempos, quizá  ganados por el tedio y la tecnología, no se pueden crear historias cautivantes, Sandoval nos demuestra lo contrario. Retazos de Aire es un libro de cuentos, en el cual transcurren, página a página, un grato cortejo de prodigios literarios.

Adhiero a la teoría de que todo está escrito, a que todo aquello que creamos y narramos ya fue creado y narrado. Sandoval no escapa a esa norma, claro está, pero básteme decir que en su literatura hay una renovación literaria que se basa en la creación de espacios y tiempos imaginarios  que le son absolutamente propios.

Sandoval logra algo complejo, a veces imposible: logra escribir de forma simple.

 Uno imagina a Sandoval escribiendo como quien imagina a alguien caminando sobre el agua. Cuando uno comprende esto último termina también por comprender  el logro más significativo en los cuentos de Retazos de aire: el clima crepuscular y misterioso que se extiende a lo largo de todo el libro.

Ya en su anterior libro, “La luna y el canal grande”, Sandoval nos advierte que de esa atmósfera nos será, gratamente, imposible salir. Yo no me animo a decir que aquel libro previene a este. Sí asevero que prefigura un estilo, una impronta personal, en su escritura. Allí el escritor arremete con fantasmas y con personajes reales en las aguas del canal grande, en sus orillas; utiliza al canal como un tajo feroz para partir la ciudad en dos: “Los del centro” y “Nosotros”. Borges decía que el sur de la ciudad de Buenos Aires,  era más firme; Sandoval produce una imaginería urbana  señalando el norte. Borges parte la ciudad en la Avenida Rivadavia, Sandoval en el canal grande.

Retazos de aire es un libro quizá extraño, si se entiende  ese adjetivo bajo las formas del prodigio. En él veremos que el lenguaje nunca se va a interponer con los propósitos del escritor.

Ya lo dije, Sandoval escribe simple y allí radica la belleza de sus páginas.

(fragmento del prólogo)

                                                                                   Raúl López  (Escritor. Docente de letras)

 

 

Ausencias

(Invierno- 1993)

       Acostumbrado a las ausencias, el hombre no las sufría.

Las contenía silenciosas tripas adentro y cuando amenazaban explotar garganta  afuera, las empujaba con vino y ellas solitas se  adormecían.

  • No es tan malo estar lleno de ausencias –decía- Cuando el hambre aprieta, las soledades se instalan en la panza refrescando los ardores del ayuno.

En los ratos de pensar, viboreaban las ausencias buscando adentro su lugar verdadero, ahí entre la garganta y el corazón que es donde suele anidarse la angustia. Entonces florecían desmesuradas y veloces en el pecho del hombre solo, que  se golpeaba el esternón  y las costillas desacomodando el aposento de los recuerdos que duelen. Conjeturaba que las había  espantado hacia otros confines del cuerpo porque no era necesario el tiraje de los músculos accesorios del cuello para la respiración, ni sentía apretado  el corazón, ni la garganta amenazaba con llorar cada vez que intentaba palabra.

Se durmió  el hombre un día, preñado de ausencias. Las privaciones no murieron con él, pero se las llevó puestas, pegadas al alma como un abrojo para no sentirse vacío…  y para que nadie tuviera que entorpecer la virtud de estar vivo, haciéndose cargo de ausencias ajenas.

 

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